Lila

Lila solía arrancar el sabor de los veranos con besos que regalaba en callejones estrechos , y en las pueblos con mar ahogaba las penas en los muelles que forman las rocas. Los amaneceres iluminaban a Lila como lo hacían pocos momentos del día. Reconocía en los primeros destellos de la mañana la excusa necesaria para hacer añicos las sobras de la noche, y dejarlas amontonadas a los pies de la cama.
Las manos de Lila acariciaban la brisa de la tarde en cada esquina del pueblo, y arrullaba en su pecho las horas vacías de transeúntes que la olvidaban casi todos los días. Y llenaba de palabras los rincones en los que algunos la dejaban aventurarse. Lila cuidaba en secreto los sueños de hombres desconocidos y acumulaba tristezas como caricias.
Las mujeres sabían su nombre y la insultaban con miradas cargadas de furia y rechazo. Lila podría enseñarles de la vida al esconderse el sol si quisiera, si solo reconocieran bajo sus ropas a la insolente mujer que escupía gritos de auxilio que la soledad apagaba sepultándolas bajo pesadas láminas de hielo.
Pero no se daban cuenta de la dulzura de su rostro y de sus ojos, solo se fijaban en las noches que se mecían sobre ella como eclipsando toda posibilidad de salir de lo oscuro de sus días. Las mañanas no la perdonaron, y ella acabó por olvidarlas asfixiándolas en las lunas que la siguieron cada noche a los callejones estrechos y a los muelles que forman las rocas.

Dia de furia

Conteniendo aún las palabras que se le amontonaban en los labios a punto de explotar, hinchados de morderse y rasgarse la piel suave y rojiza. Con los ojos inyectados y casi al borde de salírseles de las órbitas, las manos frías y el cuerpo tenso y erguido, como un árbol centenario cuya madera aún no probó el hacha impiadosa y verdugo del hombre. Con el corazón, el estómago, y los pulmones y testículos atragantados en el grito acumulándose en el paladar y las mejillas. Así, como estaba, en ese estado de erupción contenida con demasiado esfuerzo, Miguel tomó sus carpetas y regresó a su oficina pensando que el viernes sería interminable, y se le vino a la cabeza la imagen de un frondoso y antiquísimo roble rindiéndose en una estrepitosa caída hacia el vacío.

Apuntes de la conquista

El Fray Ezequiel comentaba, en sus esporádicos regresos a Europa, las visicitudes de los pueblos atormentados por el invasor "que provenía de allende los mares". Los años que consumió escribiendo en apuntes lo que sus ojos y demás sentidos absorbían en estas latitudes, fueron, décadas después, recopilados por el regente del Convento de los Santos Marianos. Los apuntes se convirtieron en la mayor enciclopedia de la Conquista y en el testimonio más fehaciente de las atrocidades cometidas en aquella época.
Los "Apuntes de la Conquista" desaparecieron durante un largo tiempo. Igual suerte corrió el Fray Ezequiel, quién fuera condenado por la Santa Inquisición, luego de refugiarse alrededor de dos años en los sótanos del Convento anteriormente mencionado.
Los textos originales de los Apuntes se conservan en el Museo de la Conquista en España, junto a la tumba de Fray Ezequiel "de la América Ignota".

La casa de rojo y negro

Las cosas seguían igual. Hacía meses que la rutina se negaba rotundamente a desprenderse de las paredes, de los pisos, de los techos, de las mesas y sillas de la casa. Aquel hogar escupía una sensación de inmovilidad agobiante. Producía urticaria, vómitos, insomnio y diarrea. Los mismos olores impregnados en los acolchados y manteles, en el aire espeso y caliente muchas veces respirado.
Allí desparramados los abrazos y los libros, cuerdas de guitarra, cenizas y algunos discos de intérpretes desconocidos que sonaban de vez en cuando. Y mas acá los cuerpos atrofiados de visitantes que condenaban con pena de muerte al resto de la noche y a lo que quedaba de sus vidas.
La casa vestía de rojo y negro, y se divisaban en penumbras las repisas saturadas de tanto espacio. Nada estaba en su lugar, y es que nada lo tenía. Tampoco ellos. Y sobre todo ellos. No consiguieron recoger las horas y reparar el tiempo. Y se tragaron sus lenguas para no herirlas, y se llevaron todo a la boca, las paredes, los techos y la casa. Para ver si acaso en la mañana algo cambiaría.

Los cuentos de Ignacio

A pesar de su pose histriónica e inconfundiblemente burda, Ignacio nunca lograba convencer a la barra de amigos del bar de sus proezas y éxitos alcanzados en materia de conquistas amorosas. Más de una vez, y ante la mirada atónita y burlona de los parroquianos, Ignacio trastabillaba en su discurso pisando palabras unas con otras, acción que indefectiblemente dotaba a su exposición de poca veracidad, y la estructura del relato se perdía, sin más, en introducciones que debían ser desenlaces, y nudos que se colaban al principio. Sin embargo, sus anécdotas por alguna razón, conseguían acaparar la atención de los comensales, y entre tragos de whisky y vodka, Ignacio derramaba los hechos sobre las coquetas mesitas del bar, decoradas con alguna que otra colilla mal apagada.

Los visitantes del afamado bolichito, en distintas ocasiones habían oído una y mil historias acerca de Ignacio, y la mayoría de ellos, por no decir casi todos, que al fin y al cabo es lo mismo, no soportaba la idea de que aquella personita desvencijada que los cautivaba cada noche con aventuras que terminaban en aposentos ridículos y malolientes, fuera justamente aquella personita desvencijada. La cuestión es que Ignacio disfrutaba sobremanera de toda aquella puesta en escena.

Sospechosamente, su presencia en el bar todas y cada una de las jornadas, cultivaría mas tarde la idea, por demás fundamentada y generalizada, de que Ignacio, simple y llanamente, no contaba con el tiempo y el espacio suficiente para vivenciar aquellas experiencias que orgulloso se adjudicaba.

A altas horas de la madrugada, cuando el alcohol ya ni siquiera quemaba la garganta, y algunos, con menos suerte, yacían perdidos a punto de resbalar en el filo del vaso, Ignacio tropezaba con su mentira. Y se escapaba del laberinto de sus palabras mal pronunciadas, arrastradas de habérselas bebido en el último sorbo de vodka, para reposar unos minutos en un cigarro que pintaba ser cubano, pero ni eso.

Se comentaba en el pueblo que, como un salvavidas misterioso de la lengua, como un sobreviviente del naufragio de sus palabras, Ignacio resurgía de cada historia que parecía acabarse como la última colilla y futura decoración de alguna mesita, con un estrepitoso y movilizador: “…Por H o por B…”, y la aventura florecía en nuevas posibilidades de culminación, que en realidad era una sola, la que estaba más próxima y al alcance de su mano. Nadie sabía lo que aquella frase significaba, pero todos reconocían el impulso que el relato tomaba desde allí. No importaba su origen ni su razón de ser. Lo indiscutiblemente importante, a los ojos y oídos de los espectadores, era lo que seguía a continuación.

El imaginario lo incorporó como propio, y mutiló de a poco la insinuante catapulta de su pronunciación en el relato, a otros hechos menos significativos de la vida y de la lengua. Era el arte de Ignacio, el “Por H o por B” que se convertía en los primeros auxilios del cuento a punto de fallecer. El sin razón que exigía el esfuerzo cómplice de la fantasía revitalizadora. Renacer, para morir más tarde en un aposento ridículo y maloliente, bajo la mirada atónita y burlona de los amigos del bar. Para morir como este texto en un “Por H o por B” sin final, porque ya está perdido desde el principio.

Carta a Vicente en un día de lluvia (Extracto)

"Te escribo Vicente, con estas manos doloridas. Corroídas y flácidas, como si las hubiese sumergido durante horas en mis lágrimas. O quizás la humedad del día que acentúa lo rugoso de mis dedos, y les impone el áspero velo en que se va transformando mi piel con el paso de los años. Hoy llovió como hace tiempo no lo hacía, y a medida que los ríos hacían besarse las veredas, mis pensamientos, al mismo tiempo los surcaban hasta encontrarte. La tarde transcurrió así. Afuera los ríos y adentro también".

La caida


Sobre una callecita que pintaba una silueta amarillenta y adoquinada resbaló aquella tarde toda su persona. Como si la caída no hubiese sido suficiente y el océano de risas disimuladas con demasiado esfuerzo no alcanzaran, la pollera embarrada se enredó caprichosamente en su cintura exhibiendo cicatrices de una caída anterior, y de vaya uno a saber qué otras cosas.
Amilanada y recogiendo retacitos de vergüenza, se incorporó lentamente mientras reubicaba cabizbaja la pollera que rozaba sus rodillas rojizas y sangrantes. Nadie se acercó a ofrecer una mano, una palabra, ni un solo gesto de solidaridad mezquino que nos haga sentir mejores personas se hizo presente en ese momento.
Nunca se había sentido tan sola, tan abandonada a la sólida y plomiza coraza de unos cuantos centímetros de cemento. Como abatida y sabiéndose humillada, no se atrevió a dar un solo paso hasta que la muchedembre se disipara llevándose consigo sus rostros desencajados y sus muecas burlonas.
Había comprendido la soledad de su vergüenza. Se enfrentó cara a cara con la vergüenza de su soledad. Y maldijo con un tímido y dolorido paso su falta de atención a las irregularidades del asfalto. Desapareció al doblar la esquina y mutiló aquella cuadra de su memoria. Volvió a ser ella misma y caminar mas segura. Las personas regresaron a sus rostros preocupados y todo terminó alli.