Dia de furia
Apuntes de la conquista
Los "Apuntes de la Conquista" desaparecieron durante un largo tiempo. Igual suerte corrió el Fray Ezequiel, quién fuera condenado por la Santa Inquisición, luego de refugiarse alrededor de dos años en los sótanos del Convento anteriormente mencionado.
Los textos originales de los Apuntes se conservan en el Museo de la Conquista en España, junto a la tumba de Fray Ezequiel "de la América Ignota".
La casa de rojo y negro
Allí desparramados los abrazos y los libros, cuerdas de guitarra, cenizas y algunos discos de intérpretes desconocidos que sonaban de vez en cuando. Y mas acá los cuerpos atrofiados de visitantes que condenaban con pena de muerte al resto de la noche y a lo que quedaba de sus vidas.
La casa vestía de rojo y negro, y se divisaban en penumbras las repisas saturadas de tanto espacio. Nada estaba en su lugar, y es que nada lo tenía. Tampoco ellos. Y sobre todo ellos. No consiguieron recoger las horas y reparar el tiempo. Y se tragaron sus lenguas para no herirlas, y se llevaron todo a la boca, las paredes, los techos y la casa. Para ver si acaso en la mañana algo cambiaría.
Los cuentos de Ignacio
Los visitantes del afamado bolichito, en distintas ocasiones habían oído una y mil historias acerca de Ignacio, y la mayoría de ellos, por no decir casi todos, que al fin y al cabo es lo mismo, no soportaba la idea de que aquella personita desvencijada que los cautivaba cada noche con aventuras que terminaban en aposentos ridículos y malolientes, fuera justamente aquella personita desvencijada. La cuestión es que Ignacio disfrutaba sobremanera de toda aquella puesta en escena.
Sospechosamente, su presencia en el bar todas y cada una de las jornadas, cultivaría mas tarde la idea, por demás fundamentada y generalizada, de que Ignacio, simple y llanamente, no contaba con el tiempo y el espacio suficiente para vivenciar aquellas experiencias que orgulloso se adjudicaba.
A altas horas de la madrugada, cuando el alcohol ya ni siquiera quemaba la garganta, y algunos, con menos suerte, yacían perdidos a punto de resbalar en el filo del vaso, Ignacio tropezaba con su mentira. Y se escapaba del laberinto de sus palabras mal pronunciadas, arrastradas de habérselas bebido en el último sorbo de vodka, para reposar unos minutos en un cigarro que pintaba ser cubano, pero ni eso.
Se comentaba en el pueblo que, como un salvavidas misterioso de la lengua, como un sobreviviente del naufragio de sus palabras, Ignacio resurgía de cada historia que parecía acabarse como la última colilla y futura decoración de alguna mesita, con un estrepitoso y movilizador: “…Por H o por B…”, y la aventura florecía en nuevas posibilidades de culminación, que en realidad era una sola, la que estaba más próxima y al alcance de su mano. Nadie sabía lo que aquella frase significaba, pero todos reconocían el impulso que el relato tomaba desde allí. No importaba su origen ni su razón de ser. Lo indiscutiblemente importante, a los ojos y oídos de los espectadores, era lo que seguía a continuación.
El imaginario lo incorporó como propio, y mutiló de a poco la insinuante catapulta de su pronunciación en el relato, a otros hechos menos significativos de la vida y de la lengua. Era el arte de Ignacio, el “Por H o por B” que se convertía en los primeros auxilios del cuento a punto de fallecer. El sin razón que exigía el esfuerzo cómplice de la fantasía revitalizadora. Renacer, para morir más tarde en un aposento ridículo y maloliente, bajo la mirada atónita y burlona de los amigos del bar. Para morir como este texto en un “Por H o por B” sin final, porque ya está perdido desde el principio.
Carta a Vicente en un día de lluvia (Extracto)
La caida

Nunca se había sentido tan sola, tan abandonada a la sólida y plomiza coraza de unos cuantos centímetros de cemento. Como abatida y sabiéndose humillada, no se atrevió a dar un solo paso hasta que la muchedembre se disipara llevándose consigo sus rostros desencajados y sus muecas burlonas.
Había comprendido la soledad de su vergüenza. Se enfrentó cara a cara con la vergüenza de su soledad. Y maldijo con un tímido y dolorido paso su falta de atención a las irregularidades del asfalto. Desapareció al doblar la esquina y mutiló aquella cuadra de su memoria. Volvió a ser ella misma y caminar mas segura. Las personas regresaron a sus rostros preocupados y todo terminó alli.
Sobre a quién prestarle un micrófono
Sin embargo, sería prudente no escucharlo. ¿Vos qué pensas? Yo no pienso, escucho. ¿Perdón, te molesto? Un poco.
Quizás mi voz es más cálida y acústica, y te acaricia y no te lastima. Tal vez vos y tu voz sean rojizas. Hablame de nuevo. Tal voz y vos deberían irse, ¿te das cuenta?. Es verdad, el ruido parlante me enloquece. Quién quiere escuchar a cerca de la literatura costumbrista si todavía no logro acostumbrarme a dejar de mirarte, envuelta de misterio y más silencio. Quién quiere descripciones de lugares comunes si aún no me has adivinado posado en tu costado izquierdo. Quién le prestó un micrófono al tipo de gris que se empeña en robarte los ojos y me deja migajas de un perfil gélido e inalcanzable. Te censuro hombredegris y me llevo los ojos y el perfil al café de la esquina. Hablame de nuevo.


